Con La Reina Sibila
Si el caballero no partía al noveno día, tendría que quedarse hasta el treceavo y luego hasta el trescientos trece; si en el día trescientos trece no se iba ya no salía jamás.
Él y su escudero tuvieron que escoger una dama como compañera. Los viernes, después de media noche, las damas los dejaban e iban a encerrarse con la muchedumbre y la reina en ciertas habitaciones especiales. Después de la medianoche del sábado volvía cada una de ellas a su compañero, más hermosa que nunca. Jamás envejecían; no conocían la tristeza; tenían todos los atavíos, alimentos, riquezas y placeres que les venían en gana. En el lugar aquél no se sentía ni demasiado frío ni mucho calor.
Ninguna mente podría imaginar, ninguna lengua contar los terrenales placeres de aquel sitio, y la conciencia del caballero se afectó de tal manera con todo aquello que una hora le parecía diez días.
Howard Rollin Patch