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Enriquez

—Hace un año —le dijo el capitán— que os tengo encargado que me suceda otro. Me caso con una viuda rica de Córdoba y renuncio al estoque de bandolero por la vara de corregidor.
Abrió el cofre; era el tesoro a repartir: vasos sagrados, onzas de oro, una lluvia de perlas y un río de diamantes, todo revuelto.
—Para ti, Enríquez, los zarcillos y la sortija del marqués de Aroca. ¡Para ti, que lo mataste de un disparo de carabina en su silla de postal
Enríquez colocó en su dedo el topacio ensangrentado y colgó de sus orejas las amatistas talladas en forma de gotas de sangre.
¡Tal fue la suerte de aquellas zarcillos con que se había adornado la duquesa de Medinaceli y que, pasado un mes, Enríquez dio a cambio de un beso a la hija del alcaide de la cárcel!
¡Tal fue la suerte de aquella sortija que un hidalgo había comprado a un emir, al precio de una yegua blanca, y con la que Enríquez pagó un vaso de aguardiente unos minutos antes de ser ahorcado!


Aloysius Bertrand

 

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