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El Buen Decapitador

De una narración de Koestler, Oswaldo Díaz Ruanóva recrea la historia de Wang Lung, modelo de verdugos, cuyo eficaz arte con la cimitarra floreció durante la dinastía Ming, al servicio de un emperador que lo aplicaba para sus odios irreprimibles contra hombres ingeniosos o inteligentes.

Wang Lung cultivó, durante 50 años de múltiples pero de insatisfechos experimentos, una obsesión que fue su ideal: decapitar a un condenado con un tajo tan rápido y certero, que de acuerdo a las leyes de la inercia, la cabeza de la víctima permaneciera plantada sobre el tronco así como un plato queda inmóvil sobre una mesa si se jala diestramente del mantel.
El afán de perfección de Wang Lung se cumplió cuando él pasaba la cumbre de los sesenta años. Al pie del patíbulo, después de cercenar y hacer rodar por el polvo a diecinueve cabezas, impulsadas por su inimitable juego de mandoble, su vieja ambición fue colmada con el vigésimo condenado, un mandarín, Kío, famoso por su ingenio y elegancia.
En un silencio expectante, el noble joven empezó a subir los escalones del patíbulo, cuando el sable de Wang Lung relampagueó de pronto a velocidad tan increíble, que la cabeza continuó en su lugar, en tanto Kío ascendió los escalones restantes sin advertir lo ocurrido, por lo que al llegar ante su verdugo le habló así:
-¡ Cruel Wang Lung! ¿Por qué prolongas la agonía de mi espera, cuando decapitaste a los demás con tan piadosa y amable rapidez?
Al oír estas palabras, Wang Lung comprendió que la ambición de su vida y de su arte se había cumplido. Una leve sonrisa serena y luminosa se extendió por su rostro, y con exquisita cortesía, respondió así al decapitado:
—Tenga la amabilidad de inclinar la cabeza.


Revista Siempre!, 1961

 

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