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Asiento
Venido un embajador de Venecia a la corte del gran turco, dándole audiencia a él juntamente con otros muchos que había en su corte, mandó el gran turco que no le diesen silla al embajador de Venecia, por cierto respecto.
Entrados los embajadores, cada cual se sentó en su debido lugar. Viendo el veneciano que para él faltaba silla, quitóse una ropa de majestad que traía de brocado hasta el suelo, y sentóse encima de ella. Acabando todos de relatar sus embajadas y hecho su debido acatamiento al gran turco, salióse el embajador veneciano, dejando su ropa en el suelo. A esto dijo el gran turco:
—Mira, cristiano, que te dejas tu ropa.
Respondió:
—Sepa su majestad, que los embajadores de Venecia acostumbran dejar las sillas en que se sientan.
Juan de Timoneda
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