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El Atentado

Necesitamos dinero.

Iremos a tomarlo donde lo haya. No nos gustan ni el trabajo ni la incertidumbre. No somos laboriosos, no somos jugadores. Compraremos pistolas y máscaras de seda fina. Una media de mujer servirá para el caso. Iremos al bosque a combinarlo todo; al café, a estudiar la guía de los ferrocarriles. Tomaremos ese hermoso tren nocturno. Está lleno de ricos que duermen. Sabemos que en determinado punto dismi­nuye su velocidad. Pondremos ahí a nuestros amigos en el coche que habrán robado.

Esperaremos.

Tú dejarás tu sitio a la hora que las circunstancias lo exijan. Yo estaré en el pasillo, con cinco tiros en cada mano. Encenderás la luz bruscamente. Bruscamente harás esa entrada aparatosa que paraliza los corazones y los miembros. No hay que matar sino a los valerosos...
—Hay muchos cálculos y riesgos en este asunto. Hay miserables que entregan carteras falaces a los compañeros. No hay tiempo de contar. Hay las ruedas espantosas del tren que se abandona. Hay las batidas por el campo, y alambres en los que uno cae, a oscuras. Hay, al alba, un cigarrillo que se desprende muerto de los labios, y un hombre como todos los hombres, cuyo dedo ya oprime el botón del timbre . . .


Paul Valéry


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