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Penélope

Descendió la escalera sin alumbrar los escalones ni menos contarlos. Durante largos años los había bajado subrepticiamente todas las noches.
En el gineceo, el sueño de Ulises no fue perturbado por su ausencia. Él aún no recuperaba sus hábitos cotidianos: Circe y las sirenas poblaban sus sueños.

Penélope se acercó por última vez a la tela. El rostro barbudo del tapiz ya no se parecía al de Ulises, si alguna vez se habia parecido. La sensación de pérdida fue lacerante.
Empezó a destejer la trama, pero de pronto interrumpió su tarea. El ladrido de un perro, la grava del patio crujiendo bajo unas pisadas, eran indicio de que alguien se acercaba. Penélope se incorporó con un sobresalto de esperanzada alegría:
-¿ Será, acaso, que vuelven los pretendientes?

Olga Harmony

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